Una visión antropológica del sufrimiento

Introducción

La enfermedad y el sufrimiento nos afectan a todas las personas. El trabajo en la especialidad de Cuidados Paliativos me ha llevado a plantearme cómo ayudar desde lo humano y de un modo más profundo a enfrentar el dolor que se genera tanto en el plano espiritual como psicológico. Esta es una realidad difícil, ya que muchas personas no poseen los valores trascendentes que a otros dan respuesta frente a esta realidad tan compleja.

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Necesidad de una respuesta plenamente humana

Ramón Bayés Sopena, Doctor Honoris Causa en Psicología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid, define a la persona como el producto singular de su biografía. Basándose en Viktor Frankl, este autor considera que “cuando alguien sufre, toda la persona sufre en cuanto que el hombre lucha porque tiene una permanente vocación a la felicidad y plenitud1.

Debe haber sido a los cuatro años de edad, cuando una noche, poco antes de dormir, me sobresalté sacudido por el convencimiento de que también yo algún día iba a morir. En ningún momento de mi vida me ha preocupado el temor ante la muerte, sino más bien una sola cosa: el interrogatorio acerca de si la finitud de la vida no anulaba su sentido. La contestación a esta pregunta, a la que finalmente pude llegar trabajosamente, fue la siguiente: en algunos aspectos, recién es la muerte la que otorga plenitud de sentido a la vida. Pero por sobre todo, la finitud de la existencia no puede anular el sentido, por un simple motivo: porque en el pasado no hay nada que pueda perderse en forma irrecuperable, sino más bien todo se encuentra preservado. En el hecho de ser pasado, entonces, todo está resguardado y salvado ante la finitud. Lo que hemos obrado y creado, lo que hemos vivenciado y vivido, lo hemos salvado al ser pasado, y nada ni nadie puede hacerlo desaparecer del mundo.2

Estas palabras de Viktor Frankl demuestran cómo es la muerte o la proximidad de la misma -el tenerla en el horizonte vital-, la que planta al hombre frente a su propia finitud y le hace mirar hacia atrás para descubrir cuán válido es hasta entonces lo vivido, lo realizado en la vida. Cuando se dan situaciones límites, muchas veces las personas pueden caer en la desesperación, sobre todo cuando se trata de circunstancias que inexorablemente las llevarán a la muerte, con lo cual en un primer momento pueden encontrar truncados todos sus proyectos vitales.
Frente a esta situación, la sociedad actual plantea diversas salidas, como el recurso a la eutanasia -legalizada en varios países- cuando aparentemente no habría otro modo de paliar un sufrimiento principalmente existencial. Lo que sucede en muchas ocasiones es que el hombre no sabe aún acercarse a esas personas sufrientes y ayudarlos a descubrir la grandeza interior que tienen y que justamente se manifiesta en las situaciones extremas.
Se hace imperativo entonces ayudar al hombre a mirar en su interior, en su propio corazón, para descubrir y potenciar aquellos valores inherentes a la persona humana y que van más allá de las posibilidades económicas, materiales, laborales, pero que son justamente los que le permiten evaluar con una nueva mirada su propia vida pasada, presente y enfrentar el futuro con madurez y serenidad.
El sufrimiento se asocia a un deterioro en el bienestar y la calidad de vida de las personas. Existen distintas esferas en el ámbito del sufrimiento que pueden verse afectadas: física-donde se incluye el dolor-, social, psicológica y espiritual. Sin embargo, no se puede olvidar que el hombre es un ser con dos dimensiones estrechamente unidas e interdependientes: la física y la espiritual. Esto implica que cuando alguna de las esferas que componen el área del dolor se ve afectada, en realidad, existe un efecto aditivo entre todas las esferas y la que sufre es la persona en sí misma, no una parte de ella.
Cabe destacar asimismo que cada problema es percibido de modo individual por la persona, de modo tal que el sufrimiento tiene un componente subjetivo inevitable por el cual será percibido e interpretado de manera distinta por cada doliente. El doctor Frankl ejemplifica esta realidad: “Los afanes por fomentar el sentido del humor y contemplar la realidad bajo una luz humorística constituyen una especie de truco que aprendimos mientras dominábamos el arte de vivir, pues aun en un campo de concentración es posible practicar el arte de vivir, aunque el sufrimiento sea omnipresente. Podríamos explicarlo de esta forma: el sufrimiento humano actúa como un gas en una cámara vacía; el gas se expande por completo y regularmente por todo el interior, con independencia de la capacidad del recipiente. Análogamente, cualquier sufrimiento, fuerte o débil, ocupa la conciencia y el alma entera del hombre. De donde se deduce que el tamaño del sufrimiento humano es absolutamente relativo. Y a la inversa, la cosa más menuda puede generar las mayores alegrías”.3

También hay que diferenciar el concepto de sufrimiento del de dolor, pues el sufrimiento implica una respuesta emocional que puede ser inducida por el dolor físico o por otras vivencias como el miedo, la ansiedad, situaciones traumáticas, estados psicopatológicos, etc.
Existe un valor subjetivo agregado al sufrimiento que implica descubrir un sentido al mismo en el contexto socio-cultural y de las creencias personales, lo cual facilita su internalización. Viktor Frankl hace una interesante exposición en uno de sus libros: “Evidentemente, el campo de concentración fue mi real prueba de madurez. No estuve obligado a presentarme –hubiese podido escapar de ello y emigrar a tiempo a Norteamérica. Hubiese podido desarrollar la Logoterapia en América, pudiendo cumplir con la misión de mi vida, pero no lo hice. Y así llegué a Auschwitz. Fue el experimentum crucis. Las auténticas facultades humanas ancestrales de la autotrascendencia y el autodistanciamiento, tal como lo afirmo en los últimos años, fueron verificados y convalidados en forma existencial en el campo de concentración. Este empirismo en su más amplio sentido de la palabra confirmó el “survival value” –usando la terminología psicológica americana- que corresponde a la “voluntad para el sentido”, tal como lo denomino yo. O dicho de otra manera, a la autotrascendencia –el sobrepasar la dimensión humana hacia algo que no es ella misma. Mayor posibilidad de sobrevivencia tenían aquellos que estaban orientados hacia el futuro, hacia un sentido cuya realización los esperaba más adelante. Dos psiquiatras norteamericanos, pertenecientes uno a la marina y el otro al ejército, Nardini y Lifton, han constatado lo mismo en campos de prisioneros de guerra tanto japoneses como norcoreanos.4

La libertad interior

La libertad interior es la libertad más íntima de la persona; es aquella capacidad de autodeterminarse al bien desde el núcleo más interior, sin ningún tipo de coacciones externas ni internas. Es desde allí donde el hombre puede dar un sentido profundo al sufrimiento que está viviendo; es desde ese fondo personal donde puede interpretar y orientar ese dolor íntimo hacia un fin noble.
Ante sus vivencias personales, Frankl se cuestiona si es correcta la teoría que nos presenta al hombre como un producto de unos factores condicionantes, bien sean de naturaleza biológica, psicológica o sociológica. Existen quienes creen que el hombre carece de la capacidad de decisión interior cuando las circunstancias externas anulan o limitan la libertad de elegir su comportamiento externo.

Las experiencias de la vida en un campo demuestran que el hombre mantiene su capacidad de elección. Los ejemplos son abundantes, algunos heroicos; también se comprueba cómo algunos eran capaces de superar la apatía y la irritabilidad. El hombre puede conservar un reducto de libertad espiritual, de independencia mental, incluso en aquellos crueles estados de tensión psíquica y de indigencia física. (…) Quizás no fuesen muchos, pero esos pocos (hombres) representaban una muestra irrefutable de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal que debe adoptar frente al destino- para decidir su propio camino.

Y allí siempre se presentaban ocasiones para elegir. A diario, a cualquier hora, se ofrecía la oportunidad de tomar una decisión; una decisión que determinaba si uno se sometería o no a las fuerzas que amenazaban con robarle el último resquicio de su personalidad: la libertad interior.5

En otra de sus obras, “La voluntad de sentido”, este autor menciona que la libertad es finita, limitada, pues siempre tiene condicionamientos, pero sí es libre respecto a elegir la actitud cómo ha de asumirlos: “Pero el hombre no está determinado inequívocamente. Pues, finalmente, le incumbe a él decidir si se deja vencer, si se somete a los condicionamientos”.6

Frankl habla de situaciones límites para referirse a aquellas definitivas, que no es posible superar, pero no apela a técnicas para superar esos límites, sino a un cambio de actitud necesario frente a ellos. Aún bajo estas situaciones límites, cada persona conserva la capacidad de elegir cómo quiere vivirlas y, por lo tanto, quién quiere ser: puede ser él mismo o puede dejarse dominar por las situaciones o circunstancias adversas perdiendo tal vez la posibilidad de crecer y madurar como persona al lograr trascender esas circunstancias por un bien mayor y de este modo, perfeccionarse a sí mismo.
Es el caso de lo que Frankl denomina como situaciones de existencia provisional. Es decir, son momentos de la vida en los que hay un especial sufrimiento que el hombre puede aprovechar para crecer espiritualmente o puede rechazarlos como si fueran un paréntesis en su vida, y entonces ésta aparece como carente de sentido. En esta última situación, la persona puede creer que tiene el derecho de ser negativo, de abajarse o animalizarse, cuando en realidad son esas mismas las oportunidades que la vida le presenta para crecerse.
Sólo temo una cosa: no ser digno de mis sufrimientos”. Estas palabras de Dostoyevski venían a la mente del doctor Frankl al recordar a sus compañeros de cautiverio, quienes con su modo de sobrellevar la desgracia habían sabido dar una intención a su existencia presente. Esto le permitió descubrir que la vida carente de diversión, de vivencias, de novedades también atesora algún sentido, una única posibilidad de respuesta: la actitud orgullosa del hombre ante su destino adverso, cuando la existencia le señala inexorablemente un camino -ya que son situaciones que él no ha elegido; de algún modo le han sido impuestas-. Incluso en esas condiciones la existencia conserva un valor significativo. De hecho, no podemos negar que el sufrimiento es parte inherente de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos –dice Frankl-, la existencia quedaría incompleta.

El talante con el que un hombre acepta su ineludible destino y todo el sufrimiento que le acompaña, la forma en que carga con su cruz, le ofrece una singular oportunidad –incluso bajo las circunstancias más adversas- para dotar a su vida de un sentido más profundo. Aun en esas situaciones se le permite conservar su valor, su dignidad, su generosidad. En cambio, si se zambulle en la amarga lucha por la supervivencia, es capaz de olvidar su humana dignidad y se comporta poco más allá a como lo haría un animal, igual que nos recuerda la psicología de los internados en un campo de concentración. En esa decisión personal reside la posibilidad de atesorar o despreciar la dignidad moral que cualquier situación difícil ofrece al hombre para su enriquecimiento interior. Y ello determina si es o no merecedor de sus sufrimientos.7

Todo esto se apoya en una antropología filosófica determinada, que consiste en una fundamentación unitaria de la realidad humana, en la persona humana considerada como un todo de alma y cuerpo y con un gran sentido de trascendencia. De hecho, Viktor Frankl menciona el concepto de autotrascendencia para referirse al hecho de que el hombre siempre apunta a algo más allá de sí, por encima de sí mismo, ya sea un sentido que alcanzar o una persona a la que darse a través del amor.
Vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar la respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea, cumplir con las obligaciones que la vida nos asigna a cada uno en cada instante particular. Esas obligaciones y esas tareas, y consecuentemente el sentido de la vida, difieren de un hombre a otro, de un momento a otro. Frankl se basa en el realismo a través del cual estimula a cada uno a aceptar sus propias situaciones y su destino, para, desde allí, poder transformarlo. Si negamos lo que la vida nos presenta es imposible poder trabajar interiormente sobre ello, pues nos cerramos interiormente. Este autor habla de dejarse inundar por las circunstancias, contemplarlas, meditarlas para poder vislumbrar los valores propios, aquellos en los que estamos llamados a crecer. En ocasiones, éste será el único modo de encontrar alguna respuesta interior a cuestiones que no la tienen desde el exterior.
Cada persona es un ser único e irrepetible con su acto de ser específico puesto en la existencia; por lo tanto, el desarrollo de cada vida es propio de cada uno y no debe ser comparado con el de otras personas. Vicktor Frankl considera que esta unicidad y singularidad son las que diferencian a cada individuo, y confieren un sentido a su existencia. El fundamento de esta realidad está en el trabajo creador y en la capacidad de amar del hombre. Es por esto que cada uno es responsable de orientar su vida, de construirla. Justamente porque tiene la capacidad de hacerlo.

Bibliografía

1. Bayés Sopena, Ramón, “Sobre la felicidad y el sufrimiento”, Quaderns de Psicología, N° ½, Vol. 11, Barcelona, 2009, pp.11-16.
2. Frankl, Viktor, Lo que no está escrito en mis libros. Memorias. Editorial San Pablo, Buenos Aires, 2003, p. 16.
3. Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 2004, p. 71.
4. Frankl, Viktor, Lo que no está escrito en mis libros. Memorias. Editorial San Pablo, Buenos Aires, 2003, p. 87.
5. Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 2004, p. 90.
6. Frankl, Viktor, La voluntad de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 3ra. Edición, 2009, p. 150.
7. Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 2004, p. 92.

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