Resiliencia

Una pregunta frecuente cuando se viven situaciones dramáticas es si existe aún la posibilidad de salir adelante. Esta expresión no significa olvidarnos de lo que aconteció -o sucede actualmente- y vivir como si nada hubiera pasado jamás. De hecho, esto no sería posible, ya que quedarían en el inconsciente situaciones dolorosas sin resolver, heridas abiertas sin curar, que tarde o temprano se reabren en el alma y afectan a nivel físico, psíquico o espiritual.

El dolor es una experiencia individual influenciada por factores emocionales, cognitivos, de memoria, sociales y espirituales. Por esta razón el dolor puede percibirse de múltiples formas.1

Muchos pacientes hacen de cuenta que no están enfermos y pretenden continuar con los hábitos de siempre; ni siquiera quieren hablar de su enfermedad o escuchar que alguien lo haga. En ocasiones esta actitud responde a no poder asumir lo que ocurre porque interiormente no se tienen fundamentos para enfrentar el sufrimiento que acarrea la situación.

post-resiliencia

Después de una experiencia de gran dolor, nunca volvemos a ser los mismos de antes, porque esas experiencias marcan la personalidad. Indefectiblemente dejan huellas. Podemos trabajar con esas heridas y lograr ser mejores que antes, convirtiéndonos en personas más profundas, más humanas y más realistas incluso de lo que tal vez nos considerábamos. El dolor siempre deja una marca, pero podemos elegir de alguna manera qué hacer con ella.

El doctor Cyrulnik es un neurólogo y psiquiatra que desarrolla la llamada resiliencia. Este concepto habla de la capacidad de sacar fuerzas, e incluso extraer beneficio, de una experiencia traumática. Es un concepto revolucionario, ya que afirma que nadie está condicionado por los acontecimientos vividos, si no que toda persona tiene la capacidad de readaptarse, o puede desarrollar esta capacidad. No todo el que ha tenido una existencia desgraciada tiene porqué seguir siendo víctima de ella; ni tampoco aquél que ha tenido la suerte de su lado será siempre alguien exitoso.

En el ámbito de los cuidados paliativos, podemos pensar que esta experiencia traumática es la presencia de la muerte o el enfrentar la enfermedad. Al final de la vida, cuando la persona se enfrenta con la propia muerte, surgen situaciones en las que se hace examen de lo vivido hasta entonces. Suelen salir a la luz cuestiones no resueltas o que se habían intentado olvidar. Y puede resultar difícil darles un cauce sano.

Es importante saber que incluso en esas circunstancias podemos crecer y llegar a ser personas maduras y felices. La persona es capaz de sacar lo mejor de sí en los peores contextos. Una clave es aprender a atribuir un significado a la herida sin importar la magnitud que esta tenga. Es decir, descubrir un sentido al dolor nos da la posibilidad de transformarlo. El dolor permanecerá pero somos capaces de aprovecharlo para mejorarnos a nosotros mismos y también a los que nos rodean. Encontrar un sentido trascendente, profundo, un para qué, permite ya no sólo soportar el dolor, sino acogerlo y transitarlo con serenidad.

Es entonces donde los que atienden a personas con enfermedades graves, pueden ser capaces de ayudar a descubrirlo, siendo a la vez muy respetuosos de las vivencias y creencias de cada uno. Al brindar contacto humano y comprensión, se puede ayudar a que la persona que sufre de un paso hacia adelante. Sin embargo, tal vez una condición previa indispensable es plantearnos nosotros mismos qué hacemos con las heridas que tenemos, cómo las resolvemos.

Podemos tratar de limitar el sufrimiento, luchar contra él, pero no podemos suprimirlo. Precisamente cuando los hombres, intentando evitar toda dolencia, tratan de alejarse de todo lo que podría significar aflicción, cuando quieren ahorrarse la fatiga y el dolor de la verdad, del amor y del bien, caen en una vida vacía en la que quizá ya no existe el dolor, pero en la que la oscura sensación de la falta de sentido y de la soledad es mucho mayor aún. Lo que cura al hombre no es esquivar el sufrimiento y huir ante el dolor, sino la capacidad de aceptar la tribulación, madurar en ella y encontrar en ella un sentido…2

El dolor, la pérdida y la tragedia nos pueden desposeer de nuestras propiedades materiales y de nuestro éxito social, pero detrás de todo eso quedamos nosotros mismos, nuestro ser. Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias.

Encontrar un sentido trascendente es clave para asumir y enfrentar el sufrimiento. Las explicaciones materialistas no alcanzan y no son las auténticas, ya que el dolor en sí mismo no tiene explicación racional: persiste como misterio. ¿Por qué lo trascendente puede dar un sentido, entonces? Justamente porque es lo más cercano al misterio de cada hombre, porque hace a aquellas convicciones más profundas en las cuales cada uno arraigamos nuestras creencias. En ellas encontramos la fortaleza para no dejarnos condicionar por las circunstancias actuales, si no para convertirlas en enseñanzas vitales que nos ayuden a ser mejores.

Sufrir no nos degrada, no nos hace menos que los otros. Al contrario, es una realidad que puede engrandecernos. Así como los amigos se prueban por su perseverancia en los momentos difíciles, nuestra grandeza también se demuestra cuando nos enfrentamos con los obstáculos. Es que el hombre no se reduce a lo que creemos ver: es más profundo, más grande. El valor intrínseco y la dignidad personal de todo ser humano no cambian, cualesquiera que sean las circunstancias concretas de su vida. Un hombre, aunque esté gravemente enfermo o se halle impedido en el ejercicio de sus funciones más elevadas, es y será siempre un hombre. Siempre posee el poder de realizarse y transformarse a través de las crisis y de las pruebas de su vida, y así de ser verdaderamente feliz: “No se trata, ordinariamente, de una felicidad clamorosa, sino de una tranquila serenidad, fruto de haber asimilado el dolor y los llamados “golpes del destino”. Es preciso convencer a los otros –sin ocultar las propias dificultades- que ninguna experiencia de la vida es en vano. Siempre podemos aprender y madurar –también cuando nos desviamos del camino, cuando nos perdemos en el desierto o cuando nos sorprende una tempestad. Gertrud Von Le Fort afirma que no sólo el día soleado, sino también la noche oscura tiene sus milagros.4

Bibliografía

1. Allende, Verastegui, El ABC en Medicina Paliativa. Capítulo X: Bases Conceptuales del dolor, pág.203. Editorial Médica Panamericana. México, 2013.
2. Benedicto XVI, carta encíclica Spes salvi, n. 37.
3. Enrique Rojas, No te rindas, pág. 237. Ediciones Planeta. Madrid, 2011
4. Jutta Burgraff, Transmitir la fe hoy.

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