Las diferencias por género como condicionantes del envejecimiento

Una característica de las sociedades contemporáneas es el envejecimiento de la población que es el resultado de los cambios operados en las sociedades contemporáneas, especialmente en las más desarrolladas económicamente, al descender conjuntamente tanto las tasas de mortalidad como las de natalidad. El proceso que comienza con el descenso de la mortalidad –sobre todo la mortalidad infantil—hace que grupos numerosos de personas comiencen a alcanzar edades cada vez más elevadas y la mortalidad se desplaza de la infancia a la vejez. Al mismo tiempo, al producirse un descenso continuo y sostenido de las tasas de natalidad, comienzan a transformarse radicalmente las pirámides de edades que tienden en la actualidad a asemejarse más a cilindros aunque más anchos en el centro que en los extremos. Un primer rasgo destacable de los cambios poblacionales de la Unión Europea y en general de las sociedades más desarrolladas, pero también en el conjunto de la población mundial, es que se produce un envejecimiento de la estructura poblacional, pero también lo que se ha denominado un ‘envejecimiento del envejecimiento’, que como se sabe se refiere al aumento significativo y constante de los grupos de más edad con numerosas personas que alcanzan edades cada vez más avanzadas.

Activ senior people

Desde el punto de vista de las diferencias por género puede añadirse que también es observable que desde 1950 y de forma progresiva se vislumbra un aumento del número de mujeres, las mujeres siguen siendo las grandes supervivientes. Tenemos pues un segundo rasgo: la vejez es esencialmente femenina. Las mujeres viven más que los varones. Esta diferencia por género entraña tanto diferencias biológicas entre varones y mujeres como culturales, de modo que las enfermedades en los hombres les llevan más a morir tempranamente en relación a las mujeres, mientras que las de estas les conducen a vivir su vejez con discapacidad. La prevención así como los cambios en los estilos de vida pueden conllevar cambios en dichas pautas, pero en el próximo futuro el mayor volumen esperado de personas ancianas y muy ancianas hará aumentar el volumen de cuidados requeridos. Si las personas más ancianas en la Unión Europea, las de 80 y más años, se espera que representen en 2060 el 12% del total de la población anciana (EUROSTAT 2012a: 54) la proporción de las mujeres seguirá siendo también mayor que la de los varones. Ellas seguirán necesitando mayor apoyo y cuidado.

Las necesidades de salud de las personas mayores, especialmente las de más edad, es otro de los retos a los que se enfrentan las sociedades envejecidas. No basta con tener una esperanza de vida alta sino mejorar las condiciones generales y el estado de salud en que se vive. Modernamente, se tiene en cuenta no sólo la esperanza de vida, sino la esperanza de vida en salud. Este indicador incluye el concepto de calidad de vida en cuanto al número de años que las personas pueden esperar vivir libres de las limitaciones que implican la enfermedad y la discapacidad. Actualmente en la Unión Europea se pone el énfasis siguiendo los criterios de Lisboa, en el aumento de los años vividos en salud como uno de los principales objetivos de la política de salud para Europa.

En Europa como en los diversos países desarrollados económicamente, las mujeres tienden a vivir en buena salud menos años que los varones. En el caso de España y con datos del año 2012 del Instituto Nacional de Estadística en su publicación Mujeres y hombres 2014, si se calcula el porcentaje de años en buena salud sobre el total de años vividos en cada sexo, se observa que para las mujeres el 77% de los años de su vida se viven en buena salud, mientras que para los varones la proporción de años en buena salud es de 81%. La diferencia en años vividos en buena salud es de cuatro puntos porcentuales menos en las mujeres. Y ocurre lo mismo si se analiza a los 65 años la proporción de años en buena salud sobre el total de años. Los varones pueden esperar vivir en buena salud el 50% de esos años, mientras que en las mujeres esa proporción es del 40%. A los 65 años esa diferencia es de 10 puntos porcentuales a favor de los varones. Se puede concluir que las mujeres viven más pero en peores condiciones de salud, y a lo largo de toda la vida, aunque en la vejez las desigualdades se acentúan. Y no sólo las desigualdades en salud, sino también en otros ámbitos, como el económico, o el de la convivencia.

Todavía y pese a los cambios económicos, sociales y culturales operados, además de los avances médicos y sanitarios conseguidos, la mayor incorporación de la mujer a la educación y al mercado de trabajo, así como los cambios en las leyes que equiparan en sus derechos y deberes a varones y mujeres, en la vejez las desigualdades se acentúan. Según datos de EUROSTAT (2012b: 94) las personas de 65 y más años que viven solas en la Unión Europea representan una proporción del 31’1%, siendo mayor la proporción de mujeres que la de varones. La proporción para España es del 20%. Puede esperarse que estas proporciones aumenten en el futuro, sobre todo en los países donde ahora se observan proporciones menores. Vivir a solas puede ser considerado en las sociedades contemporáneas como un indicador de independencia económica y funcional. Sin embargo, y entre las personas de más edad, también puede ser visto como un indicador que alerte –junto con otros- de las posibilidades del riesgo de dependencia. Las mujeres viven más años que los varones aunque en peor estado de salud que ellos. Asimismo viven más a solas que los varones. Todo esto aumenta su riesgo de dependencia.

También son más pobres. Las mujeres jubiladas de la Unión Europea se encuentran en riesgo de pobreza en una proporción del 16’6% siendo el porcentaje masculino del 13’9% (EUROSTAT 2012b: 105). En España la renta anual neta media por hogar según la edad de la persona de referencia, es en todos los grupos de edad menor para las mujeres que para los varones, aunque la desigualdad mayor se encuentra entre las personas de 65 y más años, representando la de las mujeres el 73% de la de los varones (INE 2012: 130). Asimismo las tasas de pobreza relativa entre los diferentes grupos de edad es siempre mayor entre las mujeres que entre los varones, siendo el grupo de las personas mayores donde la desigualdad con respecto a los otros grupos es mayor tanto para varones como para mujeres, pero además se acentúa entre las mujeres que superan la tasa de los varones en 3 puntos porcentuales (INE 2012: 137).

Se puede cuestionar si tales desigualdades se perpetuarán entre las próximas generaciones futuras. Para realizar una prospección estimativa pueden analizarse algunos datos que tienen que ver con las tasas de empleo por género y la dedicación por género al cuidado de hijos y ancianos. En cuanto a las tasas de empleo entre las personas de 25 a 49 años sin hijos o con hijos menores de 12 años las estadísticas muestran en primer lugar que las mujeres en todos los casos tienen unas tasas de empleo menores que los varones. Ahora bien, tener o no tener hijos marca diferencias y desigualdades mayores pues ellos cuantos más hijos tienen sus tasas de empleo son paulatinamente más altas, mientras que las mujeres cuantos más hijos tienen sus tasas de empleo decrecen de forma notable. La diferencia máxima se encuentra cuando los varones tienen tres o más hijos cuya tasa de empleo es del 79%, al tiempo que entre las mujeres en su misma situación desciende la tasa hasta el 47% (INE 2012: 57). En esa misma línea, cuando declaran las personas las razones por las que tienen un empleo a tiempo parcial, sumando las respuestas a ‘el cuidado de niños o adultos, incapacitados o ancianos’ más ‘otras obligaciones familiares’, entre los varones la respuesta alcanza el 3%, mientras lo declara el 25% de las mujeres (INE 2012: 36).

Las mujeres declaran en todos los grupos de edad desde la adolescencia vivir en peor estado de salud que los varones, y en su vejez más discapacitadas pero son las que proporcionan los cuidados familiares. Ese “deber familiar” asumido mayoritariamente por las mujeres, implica como consecuencia menores tasas de empleo, de peor calidad, con menos derechos, y por eso más pobres siempre y especialmente en su vejez. Si los datos analizados no cambian, puede esperarse que la vejez de las próximas mujeres jóvenes y adultas de hoy, no cambie demasiado con respecto a las actuales generaciones. De ahí la necesidad de afrontar los retos del futuro integrando en las políticas económicas y sociales una perspectiva de género no meramente teórica ni mucho menos propagandística. Uno de los objetivos debe ser lograr la valoración social del trabajo del cuidado que no es meramente una cuestión individual sino social. Del mismo modo, la compensación económica bajo diversas formas a las personas y familias que cuidan. Se teme la quiebra del sistema de pensiones basado en el sistema de transferencias de una generación a otra, debido al descenso alarmante de la falta de cotizantes por las bajas tasas de natalidad sostenidas en el tiempo. En el caso de España las altas tasas de desempleo son otro riesgo. Implicarse en su solución conlleva entre otras cosas la asunción como propia de por toda la sociedad de la responsabilidad del cuidado, y en el caso de los niños su educación en familia. Es decir, compete también tanto a la Administración como a las empresas. No es pues un asunto ‘de mujeres’ y ni siquiera de las familias, porque el futuro de nuestra sociedad está en juego.

 

Referencias bibliográficas:

EUROSTAT (2012a) The 2012 Ageing Report. Luxembourgo: Publications Office of the European Union.

EUROSTAT (2012b) Active Ageing and Solidarity Between Generations. Luxembourgo: Publications Office of the European Union.

INE (2014) Mujeres y Hombres en España 2014. Actualización en Internet 25 de abril de 2014:  http://www.ine.es/ss/Satellite?L=es_ES&c=INESeccion_C&cid=1259926378861&p=1254735110672&pagename=ProductosYServicios%2FPYSLayout&param3=1259924822888.

INE (2012) Mujeres y Hombres en España 2012. Madrid: Instituto Nacional de Estadística.

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