Las bacterias intestinales pueden controlar tus antojos

Dicen que somos más microbios que animales puesto que predomina este tipo en nuestras células, sin embargo, ese no es el punto a discutir, sino este estudio1, donde los autores intentan explicar, mediante la evidencia, cómo el microbioma puede estar controlando tus antojos.

Los microbios en el intestino están sometidos a presión por selección natural, como Darwin decía en su teoría de la evolución de las especies: “sobrevivie el que se adapta, ya sabes, la ley del más fuerte”, con el objetivo de manipular al huésped – humano – y aumentar su capacidad, cantidad y sobrevivir; se propone que lo pueden realizar mediante 2 estrategias:

  • Generar antojos, sí, antojos alimenticios de los cuales se verán beneficiados y, por ende, no se vean beneficiados otro tipo de bacterias intestinales y, con ello, sobrevivir.
  • Inducir la disforia (mecanismo para inducir conductas negativas, tristeza, depresión, etc.) en el huésped, lo que le llevaría a comer alimentos en particular. Ya sabes, te deprimes y corres a por el helado, chocolate y demás, pero, ¿qué mecanismos utilizan? Pues recompensa saciedad, producción de toxinas o compuestos que alteran el estado de ánimo de la persona, cambios en los receptores del gusto y, algo muy importante, la manipulación del nervio vago que es un nervio que interconecta al cerebro y el estómago y que tiene mucha influencia en el desarrollo de enfermedades asociadas a la alimentación.

A pesar de que se han propuesto múltiples esquemas para el “autocontrol”, el mal aprendizaje de cómo abordar y trabajar este autocontrol da como resultado los malos patrones de conductas alimentarias, como dice el autor del artículo: “a una enfermedad multicausal es difícil atribuirle una sola causa”. En el contexto del microbioma, también proponen, dentro del artículo, que existe un conflicto genético-evolutivo en una lucha de este genoma microbiano y el huésped e inclusive el conflicto que puede haber entre los genes del padre y la madre para determinar el comportamiento alimenticio del huésped y, ésto, claramente va a influenciar al microbioma: su funcionamiento, desarrollo y cómo él mismo también tiene influencia en el desarrollo inmune, procesos cognitivos y otros.

Pero dentro de esta manipulación, ya reflejada, también existe un conflicto de intereses internos del microbioma, es decir, si existen pocas cepas de bacterias la competencia por sobrevivir no será tan “dura” pero si la variedad de cepas es grande, la competencia por predominar y ganar mayor parte del hábitat será mayor y habrá mayor gasto de energía. El autor comenta que un microbioma con menor variedad de cepas hará que las colonias de estas mismas sean mas grandes, es decir, menos variedad de cepas o tipos de bacterias pero en mayor cantidad, y, por el contrario, mayor variedad de cepas o tipos de bacterias darían lugar a un menor número de bacterias, algo lógico, que en el caso de existir menor número de cepas, éstas tendrán mayor influencia en el huésped por lo que sugiere que las personas con comportamientos alimenticios menos adecuados, tienen menores cepas pero de mayor número de bacterias.

La dieta tiene una gran influencia en qué tipo o tipos de bacterias van a predominar en el microbioma, por ejemplo, la cepa Prevotella crece mejor en la presencia de hidratos de carbono, la cepa Bifidobacteria crece mejor ante la presencia de fibra dietaria, los Bacteroidetes crecen mejor ante la presencia de grasas… Ahora bien, también dependiendo de donde vivas puede haber algún tipo de cepa mayor desarrollada que otra, por ejemplo: en Japón se ha visto que hay un mayor número de cepas especializadas en digerir algas o en África se ha visto que los humanos tienen mayor cantidad de cepas que digieren celulosa; no dudo que en México haya cepas de lúpulo y chile albergadas en nuestro microbioma en exceso.

Antojos y microbioma

La conexión entre antojos y microbioma se puede observar en algunos estudios donde, por ejemplo, sujetos que consumen con mucho deseo chocolate presentan diferentes metabolitos microbianos en la orina en comparación de los que comen chocolate de forma indiferente,  a pesar de que la dieta haya sido la misma. Así mismo, se ha establecido cierta conexión entre los estados de ánimo y el microbioma, por ejemplo un estudio concluyó que beber Lactobacillus Casei mejoraba el estado de ánimo de los sujetos en cuestión.

En otro estudio humano (infantil) se concluyó que se ha logrado relacionar el llanto inconsolable con los cólicos en niños: cambios en la microbiota intestinal, aumentando la cepa Proteobacteria y disminuyendo la de Bacteroidetes. Relacionado con que el llanto tiene una función señalizadora – de un algo o necesidad – a los padres, esto tiene alta probabilidad de aumentar la alimentación, es decir, “si llora, tal vez tiene hambre…” aunque no la tenga, correlacionándolo con el aumento de peso, de esta manera se establece una relación entre cambio en el microbioma, cambio en el comportamiento, recepción de cierto tipo de alimentos y, así, el microbioma que provocó esta conducta recibe los nutrientes que requiere para crecer.
Existen más evidencias sobre el microbioma y su influencia en el estado de ánimo, aunque la mayoría son en animales y los estudios no son 100% extrapolables a población humana, marcan un precedente para seguir estudiándolo y tratar de comprenderlo.

Microbioma y el gusto

Las alteraciones entre el microbioma y el gusto se han establecido mejor en ratones que en humanos, donde ratones que carecían de cepas microbianas en abundancia sobre-expresaron genes del gusto, que cambiaron su percepción en la lengua para aumentar los receptores del sabor de la grasa y, por ende, la necesidad de consumir más grasa. En otro estudio, los ratones que tenían predominancia por el sabor dulce tenían mayor cantidad de receptores en el intestino y la lengua de este sabor.

Nervio vago

En cuanto al nervio vago se ha documentado que los microbios intestinales pueden manipular la conducta alimentaria. Este nervio conecta aproximadamente 100 millones de neuronas del sistema nervioso entérico (sistema nervioso localizado en el estómago) a la base del cerebro en la médula. Estos nervios entéricos (estomacales) tienen receptores que reaccionan a la presencia de bacterias en particular y bien sabemos que el nervio vago ha establecido una estrecha relación entre los comportamientos alimentarios y el aumento de peso (a partir de grasa corporal); los mismos estudios sugieren que son neuroquímicos adrenérgicos los que alteran la función del nervio vago y estos neuroquímicos provienen del microbioma.

Hormonas

Si de hormonas hablamos, sabemos que aproximadamente el 50% de la dopamina y serotonina tienen una fuente intestinal; cepas como Escherichia Coli, Bacillus Cereus, Bacillus Mycoides, entre otros, producen dopamina, que sabemos que es un neurotransmisor implicado en el ciclo hambre-saciedad pero, sobre todo, en los circuitos de recompensa ante alimentos de alta palatabilidad. Por otro lado, bacterias que se encuentran en la leche materna y el yogurt producen neuroquímcos como histamina y GABA, éste ultimo muy caraterístico en fármacos ansiolíticos como las benzodiazepinas. Los estudios que relacionan las hormonas involucradas en el apetito han sido realizados en ratones pero, insisto, pueden ser un precedente para el estudio en humanos, cepas como los Lactobacillus han demostrado reducir las hormonas inducidas por el hambre como la AgPR y el neuropéptido en el hipotálamo y, ésto, como consecuencia, afecta la actividad del nervio vago como ya comentamos.

Un estudio muy en particular, que proviene del artículo principal, compara el microbioma de unos gemelos, donde uno de ellos presenta obesidad y el otro no. Al observar y analizar la cantidad de cepas del gemelo con obesidad, se concluyó que era menos diversa que el del gemelo sin problemas de grasa corporal, lo que lanzó la hipótesis de que una menor variedad de cepas puede conducir a un mal comportamiento alimentario y a un aumento de peso.

En otro artículo analizaremos cuáles son las propuestas de los autores ante esta situación.

Bibliografía:

1. Alcock, J., Maley, C. C., and Aktipis, C. (2014). Is eating behavior manipulated by the gastrointestinal microbiota? Evolutionary pressures and potential mechanisms. Bioessays 36, 940–949.

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