La Genética Molecular: así se hizo. Parte I

Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, decía una célebre zarzuela. Esta frase es perfectamente aplicable a la Genética Molecular. Apenas han pasado 50 años desde que se determinó que el ADN es el material genético y su estructura es una doble hélice hasta que se obtuvo la secuencia completa del genoma humano. En esta serie de post pretendemos pasar revista a esta fascinante historia.

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Empezaremos por el principio: el descubrimiento del ADN

El primer preparado de ADN lo obtuvo Friedrich Miescher, nacido en Basilea en 1844 en el entorno académico de una familia de la alta burguesía. Tanto su padre como su tío, Wilhelm His, eran catedráticos. Este último, convencido de que la base de la Fisiología estaba en la Química, le animó a que, al terminar la carrera de Medicina, fuera a Tübingen a trabajar con Felix Hoppe-Seyler.

Friedrich Miescher

Friedrich Miescher

Hoppe-Seiler era la máxima autoridad en Química Fisiológica, llamada posteriormente Bioquímica y de la que algunos consideran su fundador. Interesado en las proteínas de la sangre, hizo importantes contribuciones cristalizando la hemoglobina y  descubriendo que contenía hierro y que transportaba oxígeno. Hoppe-Seyler sugirió a su joven discípulo estudiar la composición química de los glóbulos blancos o leucocitos. Como material de partida, Miescher optó por el pus, del que los leucocitos son su principal componente. La elección fue de lo más acertada pues se podía obtener en abundancia fácilmente. En aquella época no se habían descubierto ni los antibióticos ni los antisépticos, por lo que cualquier intervención quirúrgica o herida importante se infectaba irremediablemente. Miescher se dedicó a la desagradable tarea de rebuscar en las basuras de los hospitales y recoger las vendas desechadas empapadas de pus. Su laboratorio, ubicado en las antiguas cocinas del castillo, disponía del más avanzado equipamiento.  Tras múltiples intentos desarrolló un procedimiento que incluía un tratamiento con enzimas digestivas (que degradaban proteínas) obtenidas de lavados de estómagos de cerdo.  Mediante este método obtuvo una sustancia que contenía un alto contenido en fósforo y nitrógeno y bajo contenido en azufre, descartándose que fuera proteína. Como se aislaba del núcleo de las células la llamó nucleína.

Felix Hoppe-Seyler

Felix Hoppe-Seyler

Miescher envió a Hoppe-Seyler sus resultados, pero éste, al darse cuenta de su transcendencia, se mostró cauteloso e insistió en repetir su trabajo personalmente lo que retrasó su publicación dos años. Finalmente, el trabajo “Sobre la composición química de las células de pus” apareció en 1871, en la propia revista de Hoppe-Seyler, “Medizinisch-Chemische Untersuchungen” (Investigaciones Médico-Clínicas), y en él dice: “tenemos aquí entidades sui generis no comparables a ningún grupo conocido hasta ahora”. Miescher, que contaba tan solo 24 años, estaba convencido de la importancia de su hallazgo, pero nunca se imaginó su magnitud.

De vuelta a su ciudad natal, Miescher continuó sus estudios sobre la nucleína, esta vez obteniéndola de salmón, muy abundante por aquel entonces en el Rin que bañaba Basilea, más concretamente de su esperma, formado casi exclusivamente de núcleo, y mucho más agradable que las malolientes vendas.  Dada la labilidad del material de trabajo, fácilmente degradado por nucleasas, Miescher trabajaba en invierno a muy bajas temperaturas en un laboratorio sin calefacción y con las ventanas abiertas, esto, junto con sus labores docentes que tomaba muy en serio y sobre todo su responsabilidad como director de un nuevo Instituto de Anatomía y Fisiología, el “Vesalianum”, minaron su salud. Deprimido y debilitado por el exceso de trabajo y su obsesivo perfeccionismo, contrajo una tuberculosis.  Fue ingresado en un sanatorio en Davos, en los Alpes Suizos, escenario de “La montaña mágica” de Thomas Mann y de las actuales cumbres económicas. Allí murió en 1895 a los 51 años.

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