El sentido del sufrimiento y los valores

Jaspers afirma que el hombre no se limita a ser, sino que decide lo que quiere ser, y en tal decisión radica la cuestión del sentido, y en concreto el sentido del sufrimiento. El sentido se descubre, no viene dado ni se puede inventar.

¿Qué es, pues, el hombre? Seguimos preguntando. Es un ser que siempre decide lo que es. Un ser que siempre alberga en sí la posibilidad de descender al nivel de un animal o de elevarse a una vida acendrada. El hombre es ese ser que ha inventado las cámaras de gas; pero también es ese ser que caminó en dirección a esas cámaras de gas en actitud erguida o rezando el Padre Nuestro o con la oración judía de los agonizantes en los labios.1

En este sentido, cuando un hombre descubre que su destino es sufrir, ha de aceptar ese sufrimiento, porque ese sufrimiento se convierte en su única y peculiar tarea. Es más, ese sufrimiento le otorga el carácter de persona única e irrepetible en el universo. Nadie puede evitarle el sufrimiento ni sufrir en su lugar. De este modo, el sufrimiento mismo se personifica según la actitud que adopte frente a ese sufrimiento que la vida le ofrece como tarea.

post-sufrimiento2

Frankl habla de la llamada voluntad de sentido, que consiste en que el hombre, mediante su voluntad, puede elegir seguir los principios morales propios que le ayudan a descubrir el sentido de su vida. En palabras de este autor: “La voluntad de sentido para muchas personas es cuestión de hecho, no de fe. (…).”2

La cuestión de los valores

Según la visión de Viktor Frankl, la ética está relacionada con la conciencia del hombre y a los valores. Afirma que la moral surge del mismo ser del hombre y se traduce en actos concretos en la existencia. “La moral no debe solamente ontologizarse sino existencializarse. No podemos enseñar valores, debemos vivir valores. No podemos dar un sentido a la vida de los demás: lo que podemos brindarles en su camino por la vida es, más bien y únicamente, un ejemplo: el ejemplo de lo que somos. Pues la respuesta al sentido final del sufrimiento humano, de la vida humana, no puede ser intelectual, sino sólo existencial: no contestamos con palabras, sino que toda nuestra existencia es nuestra respuesta”.3

Hemos de estar prevenidos contra la tendencia a calificar los principios morales como una simple expresión del hombre. Sentido o logos no es sólo algo que nace de la propia existencia, sino que se presenta frente a esa misma existencia. Si ese sentido que espera ser acabado por el hombre no fuese otra cosa que la expresión de sí mismo, perdería de inmediato su carácter de exigencia y desafío; y resultaría ineficaz para motivar o responsabilizar al hombre. Frankl sostiene que “esta argumentación se arguye tanto en lo referente a la sublimación de los impulsos instintivos, cuanto a lo que C. G. Jung denomina “arquetipos” del “inconsciente colectivo”, que representan expresiones propias de la humanidad como un todo. Y también es válido contra el argumento de algunos pensadores existencialistas, que consideran los ideales humanos como meras invenciones. Según J. P. Sartre, el hombre se inventa a sí mismo, concibe su propia “esencia”; es decir, concibe lo que es en esencia, incluso lo que debería o tendría que ser. Sin embargo, yo afirmo que nosotros no inventamos el sentido de nuestra vida, nosotros lo descubrimos. (…)
Ahora bien, los principios morales no impulsan al hombre, no le empujan, más bien tiran de él. (…). Por lo tanto, si afirmo que el hombre se ve arrastrado por los principios morales, eso implica que apelo a su voluntad: a la libertad del hombre para elegir entre aceptar o rechazar una oportunidad que la vida le plantea; o dicho de otra manera, la libertad para completar un determinado sentido o para rechazar ese mismo sentido
”.4

Para Frankl, el hombre no debe dedicarse a buscar lo placentero y evitar el dolor. Si no que lo principal en el hombre es encontrar el sentido de su vida. El placer y el dolor pueden contribuir a ello. Pero además, el sufrimiento puede ser un medio particular de encontrar ese sentido en la medida en que es un sufrimiento inevitable, puesto que todo sufrimiento evitable debe ser combatido con los medios oportunos.

En definitiva, los valores constituyen el sentido de la existencia. Y entre los valores, Frankl destaca el de la responsabilidad. La explicación de Frankl quedaría de esta manera esquematizada: la persona busca el sentido. La voluntad de sentido la lleva a los valores, y de entre éstos, a la responsabilidad. La responsabilidad es la contracara de la libertad. Por eso el hombre debe tener una conciencia clara que le permita identificar qué exigencias están contenidas dentro de cada situación que le toca vivir.

Conclusión

Considero que la propuesta de Viktor Frankl es de gran utilidad para aplicar al trabajo en Cuidados Paliativos, donde se dan claramente situaciones límites ya que las personas se enfrentan a su propia muerte.

El modo de abordaje mediante la formación adecuada de los profesionales correspondientes, especialmente psicólogos y médicos, es una opción válida como propuesta terapéutica frente a las argumentaciones que se sostienen a favor de la eutanasia la cual tampoco resuelve el tema del sufrimiento existencial de las personas si no que directamente acaba con la vida, como si fuera un modo de solucionarlo.

Considero que la vida de las personas, incluso aquella que parece inútil desde una visión utilitarista, es mucho más rica y profunda que la lectura actual en la cual impera una visión materialista del hombre. Lamentablemente el sufrimiento y la muerte son verdades existenciales que no se resuelven haciendo desaparecer a la persona que sufre, si no enseñándole a enfrentar la realidad y asumirla.

1. Frankl, Viktor, El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Editorial Herder, Barcelona, 1975, p. 268.
2. Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 2004, p. 123.
3. Frankl, Viktor, La voluntad de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 3ra. Edición, 2009, p. 32.
4. Frankl, Viktor, El hombre en busca de sentido. Editorial Herder, Barcelona, 2004, p. 123.

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