El Noveno Infierno

En los siglos XVI y XVII el teatro español estaba en pleno auge y era no solamente el arte popular por excelencia, sino también una de las mejores maneras de hacerse rico. Por aquel entonces no existían ni las fotocopiadoras ni los escáneres, pero lo que sí existía era el robo intelectual.

Una de las formas más burdas pero no menos curiosas de plagio era la utilización de Memoriones. Se trataba de personas que asistían a las primeras representaciones y memorizaban el texto que luego dictaban a otros. Por supuesto, los errores y gazapos eran frecuentes, pero no es menos verdad que para muchos empresarios teatrales usar los textos de Lope de Vega sin pagar sus derechos concedidos por cédula Real, fue siempre un buen negocio.

También había copistas e impresores que fusilaban los textos originales sin pagar los impuestos y tasas correspondientes lo que hacía aparecer copias bastardas por todas partes. Por supuesto, los autores, impresores, contralores y fedatarios reales perseguían a los infractores y los multaban y encarcelaban cuando los pillaban.

post-pirateria

Si eso era en un tiempo en que ni había electricidad, las circunstancias tecnológicas de hoy nos obligan a ser mucho más cuidadosos ya que con solo apretar un botón podemos producir miles de copias que ni siquiera suponen gasto en papel puesto que basta un celular para poder acceder a cualquier contenido.

Dante Alighieri, hacia el 1300, condenó a los falsificadores al décimo recinto del octavo círculo del infierno, es decir, un paso antes del infierno de los traidores donde están Judas Iscariote y Marco Junio Bruto y es que el plagio de obras o la distribución ilegal es tan antigua como las malas intenciones y así, ya en el siglo I, el poeta Marcial se queja de que le roban sus versos “Te encomiendo, Quinciano, mis libros. Si es que puedo llamar míos los que se apropia un amigo tuyo.”

Hoy día, el mayor riesgo consiste en la aparición de cualquier texto o documento en la red porque nunca antes ha sido tan fácil copiarlo, centuplicarlo y distribuirlo por todo el planeta sin que el infractor se mueva de su casa. En la red, un océano inabarcable en el que se generan más de 800.000 nuevas wbs cada día, la aparición de un texto lo expone inmediatamente al público y hace casi imposible su desaparición. Es decir, en el momento mismo en que un texto sube a la red, por más protegido que pueda estar y de hecho esté, es susceptible de ser copiado y distribuido exponencialmente por cualquier usuario, en cualquier parte del mundo y a cualquier hora sin que las leyes puedan hacer mucho para evitarlo y los filtros de nuestro departamento por detectarlo a tiempo.

Es verdad que hay legislación global -sin ella la mayor parte de nuestras denuncias caerían en saco roto- y es verdad que prácticamente todas las legislaciones nacionales tienden a proteger la propiedad intelectual y los derechos de autor. Pero también es verdad que entran en juego tantas variables que la punición real al infractor es difícil de conseguir; lo más a que podemos aspirar es a conseguir la retirada del contenido infractor. Y a eso nos dedicamos desde anti-piracy, pero siempre sin perder de vista una máxima de trabajo: si hay una sola copia en la red, es que hay miles. A esto hay que añadir, además, la impunidad que ofrece la tecnología P2P (Puerto a puerto) que se considera casi como si un vecino le prestara a otro un libro de su biblioteca y las RRSS privadas, como whatsapp telegram o snapchat que permiten el intercambio “secreto” y escasamente controlado de archivos entre usuarios. En las primeras, P2P, aún podemos infiltrarnos y proceder con ciertas acciones disuasorias, pero en las RRSS o conocemos los datos concretos de cada chat o estamos vendidos.

¿Qué podemos hacer para mejorar la eficacia de anti-piracy?

Lo primero y fundamental, no subir nunca el texto completo a la red. Si hubiera que subirlo hay varios aspectos a tener en cuenta:

1) Utilizar intranets y redes privadas con número de usuarios y perfiles controlados.
2) Exigir contraseñas para acceder al contenido, contraseñas que deberán cambiarse frecuentemente. Los usuarios que accedan a las contraseñas deberán estar debidamente identificados.
3) Tener claro que a mayor número de usuarios con acceso al archivo, mayores probabilidades de que sea pirateado.
4) En la medida de lo posible, no liberar todo el contenido en la red; muchas veces basta con subir el índice o algún capítulo suelto para solventar la mayoría de problemas.
5) Ediciones nuevas: es muy útil renovar las ediciones, cambiar las portadas, el orden del índice, el índice mismo y añadir contenidos que enriquezcan la nueva edición y vuelvan obsoleta la anterior. Es de notar que algunos textos que van por su edición tercera o cuarta difieren prácticamente muy poco del contenido de ediciones anteriores. El usuario tarda poco en detectarlo y el archivo con ediciones anteriores pero aún útiles se expande y la caída en ventas del texto original resulta casi inevitable.

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